Historia de Huxley

En una villa perdida entre los cerros del norte de Lordaeron vivía y mal vivía una jovencita de lo más normal. Su nombre era Dorothea, Dorothea Huxley. Tenía el cabello negro y no demasiado largo, aunque mas o menos bonito. Ella no era especialmente hermosa, aunque no quería decir que fuera fea. Tampoco era demasiado alta, pero tampoco era por mucho la chica más baja del pueblo. Dorothea era, en todos los sentidos, muy del montón.

En su niñez había oído historias maravillosas sobre hechiceros que salvan al mundo espantando a los males, como a aquellos trols que le hacían quedarse en vela por las noches temiendo que alguno había anidado en el armario. Aún seguía siendo una niña cuando se vio obligada a ayudar a sus padres en el negocio familiar, por llamarlo de alguna manera. Los Huxley eran humildes aldeanos que se encargaban de un pequeño terreno al que apenas se podía llamar fértil.

Y así, como la inmensa mayoría de siervos de los reinos humanos, Dorothea no hizo nada especial con su vida. Al fin y al cabo eso es lo que hace especiales a los que lo son, que destacan respecto a quienes son, y no es que sea nada malo, gente normal y corriente.

Pero la vida dejó de ser normal, dejó de ser tranquila, y dejó de ser vida. Pues, cuando rondaba los veintiocho años, un gran mal azotó las tierras de Lordaeron, Ella no podía ni tenía forma de comprender lo que ocurría más allá de las llamas que podía ver al horizonte. Stratholme ardía, sin más. Hablaban de una enfermedad en las tierras más al sur, pero la verdad sea dicha en vez de enfermos que cuidar solo habían oído de bestias que acechaban en el bosque, y se llevaban los cuerpos de los fallecidos.

Antes de la muerte de su rey, y de la caída de su reino, un encapuchado misterioso llegó al poblado. Las bestias vinieron, atacaron y destruyeron. Y los vecinos de los Huxley pasaron a ser esas mismas bestias. Y al igual que la fruta madura cae el caos se propaga, y las bestias se dispersaron por el cerro, y los Huxley conocieron el mismo destino sin apenas saber cómo hacerle frente.

Entonces, podría decirse, se plantó una semilla, y de dicha semilla brotó Dorothea Huxley. Es este el comienzo de la historia, pues no puede decirse que la hija de los aldeanos de aquella perdida villa pudiera ser la misma criatura que ahora camina por las ruinas de Lordaeron. Pero ella debería recordarlo, aunque le sea difícil hacerlo.

Fin.

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El padre Horatio Onuphrius había sido un sabio algo reputado, aunque no lo suficiente. Había vivido toda su vida encerrado, y en la no-muerte había decidido seguir igual. Encerrado, aunque con los ojos puestos a su alrededor.

Y paseando por unas ruinas, tal vez sintiendo que igual tenía algo de suerte y podría encontrar algunos pergaminos entretenidos de leer, encontró con una silueta perdida entre la maleza. Era una no-muerta, con la piel destrozada y los huesos rotos, que asomaban. Caminaba a duras penas, perdida, sin un rumbo ni apenas consciencia. Costaría reconocerla de tiempos anteriores en los que podía haber sido una jovencita tranquila y servicial. Su cuerpo mostraba numerosas roturas, aunque no le faltara ningún miembro. Su cara estaba rota, y sujeta con unas correas de cuero con tachuelas, y apenas le quedaba alrededor de su boca. Sus dientes se veían con toda claridad, y al menos no le faltaba ninguno. Había devorado todo tipo de cosas mientras estaba poseída por un gran mal, y su piel se había desprendido hasta llegar a la carne, y después dejar casi limpio el hueso.

Onuphrius sintió cierta debilidad, por aquel ser abandonado a su suerte. Pues como otros, la Luz le dio de lado con su transformación quedando del mismo modo abandonado, hasta que encontró a la sombra para guiarse a través de la oscura noche. Se llevó a la criatura con cuidado, guiándola hacia una casa abandonada, donde pudo inspeccionarla para saber si había algo que hacer por ella. Tardó un tiempo en decir algunas palabras, tal vez tras recuperar su consciencia, al ver el rostro de otro ser. No fueron palabras elocuentes, aunque el sacerdote sí pudo descubrir su nombre. Se juró a sí mismo intentar al menos ayudar a aquella cosa a ser útil.

Eso le llevó, y en mala hora, a acabar ayudando a la tal Dorothea. La ayudó a aprender a caminar, y a recordar quién era, o algo así. El caso es que no era capaz de retener demasiado bien sus propios recuerdos, que venían e iban indiferentemente. Onuphrius tomó nota de las partes que iba soltando, hasta elaborar una historia completa, aunque muy aburrida. Al fin y al cabo la vida de una aldeana era muy predecible. Treinta años más y habría muerto sin más logró que arar aquel campo reseco.

De todas formas, olvidar quién era no podía ser una opción. Así que como cada día obligaba a la inculta chiquilla a dar clases de escritura, caligrafía, y de paso de historia, aunque fuera la historia de ella misma. Tal vez así la recordaría entera. Sentada en una especie de mesa de escriba tomaba notas mientras el sacerdote dictaba.

— Te he contado demasiado de mi... Y oirlo todo seguido es extraño. No me gusta. —Gruñó Dorothea.
— En todo caso, es curioso que no puedas recordar nada —Respondió el no-muerto, cerrando el libro— Al fin y al cabo la conocemos, por tus fragmentos volátiles. Así que tu la conoces, aunque no puedas decírmelo.
— Sabes mas de mi que yo misma. Que divertido, hurra...  —Respondió, sarcástica
— Algunos pensadores te dirían que sí, claro, tus acciones te hicieron tal y como eres ahora. Pero esos pensadores no contaban con que eso fuera así para aquellos que han dejado de ser humanos. El día de tu muerte fué el día de tu nacimiento, por tanto aquello que te hizo como eres está bajo tus órdenes. Decide tu si quieres ser como eres, o eres como quieres ser. Al fin y al cabo ¿Que eres si no un lienzo en blanco? Y por tanto no se nada de ti, pues no hay nada que saber.
— Suena como que intentas animarme, pero en realidad te metes conmigo.
— Lo hago, ambas cosas —Respondió decepcionado, tras tanta elocuencia sin elogios— Bueno, es hora de tus sanaciones.
— Agradezco tus esfuerzos, padre, pero ¿Falta mucho?
— No, tal vez otra sesión más. Ya caminas más o menos correctamente, y puedes sujetar una pluma con un pulso decente. Aunque tengas una letra horrible... —La decepción aumentó, debido a la forma de sus horribles efes— Pero ya debes empezar a buscar tu camino. No puedes ser una inútil. ¿Has pensado en lo que te dije?
— Serviré en el ejército, si crees que es el camino que debo elegir. —Afirmó convencida— Por la Dama Oscura.
— Por la Dama Oscura, hija mía.

Onuphrius comenzó a conjurar las magias oscuras que empleaba en sus sanciones. El rostro de la joven apenas tenía piel y carne que cubrir sus huesos, pero no necesitaba esas cosas tan superficiales... Siempre y cuando sus brazos fuertes pudieran sostener una espada afilada. Onuphrius se sonrió, pues era verdad: La Sombra es el camino, y tal vez el de Dorothea haga algún bien a los Renegados.

#1 ene 20, 2021, 11:50 pm Ultima modificación: ene 21, 2021, 12:05 am por Vodo
En la actualidad

Ficha

Ficha de nivel 1
Vidas2 + 1 + 1 = 4
Atributos
Fuerza1
Destreza0
Intelecto0
Constitución2
Sabiduría1 + 1 (racial) = 2
Habilidades
Atletismo2
Levantar2
Montura1
Investigación2
Cultura general1
Diplomacia2

Inventario y tal


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