Beruna Cuernoverde
Beruna nació a las orillas de un pequeño oasis al sur de los Baldíos, desde donde se podían ver, muy a lo lejos, los enormes riscos de las Mil Agujas. El Clan Cuernoverde llevaba un par de años de travesía tras haberse separado de una de las grandes caravanas de los tauren, pensando en preservar los exiguos recursos de los Baldíos, en peligro de ser consumidos por completo de una sola vez por tener que satisfacer de golpe a un grupo demasiado numeroso. Gracias a ser tan pocos, el clan pudo tomarse un tiempo para asentarse y permitir a su madre recuperarse de lo que había sido un embarazo complicado.

Su estancia, apenas de un par de semanas, estuvo marcada por lluvias tenues y buena caza, algo que la líder y anciana Garna Cuernoverde atribuyó a que el nacimiento de Beruna había sido un buen augurio, y que la pequeña criatura contaba con el amor de la Madre Tierra. Y no parecía equivocarse. A medida que Beruna crecía, lo hacían también brotes verdes y musgo de su cuna de hueso y marfil, y cuando la anciana se la llevaba a buscar hierbas y forraje cuando ya hubo llegado a la edad adecuada siempre encontraban frutos provechosos. Además, los animales salvajes se acercaban a ella con curiosidad, sin más pretensión que saludar y marcharse.

Beruna creció con la presión de quien, llegado el momento, fuese quien sucediese a Garna. Aborrecía cualquier conflicto, y algo dentro de ella aborrecía también ser partícipe de uno de los pilares de su propia cultura: la caza. No sentía rechazo por la caza, y entendía y respetaba profundamente que su familia, amigos y compañeros del clan reverenciasen las enseñanzas de la Madre Tierra al respecto. Simplemente aborrecía que para que ella se mantuviese con vida tenía que acabar con la de otra criatura. Sentía en sí misma el miedo y el dolor congelados en los ojos vidriosos de las gacelas, kodos y zancudos que llegaban al campamento. Vivía, entonces, con la certeza de que si alguna vez se convertía en la líder de su clan, acabaría o bien por condenarlos a todos a la muerte, o por condenarse a sí misma a una muerte en vida.

Por suerte o por desgracia, Beruna jamás tendría que hacer frente a ese dilema. Años más tarde, cuando Beruna tenía apenas veinte años,  el clan tuvo que tomar una ruta más arriesgada tras pasar días sin poder reponer sus reservas de agua. Se vieron teniendo haciendo frente a un asalto de los centauros, algo que le costó la vida a decenas de los suyos. Beruna estaba absolutamente destrozada. Lo único que pudo hacer fue tratar de conseguir flor de paz y algunas otras hierbas para elaborar algún cataplasma, pero en lugar de eso se encontró el cuerpo de una centauro que había caído de un disparo certero en la cabeza. Lo extraño era que en su vientre algo se movía. Por instinto hizo un corte limpio y sacó a un diminuto y tembloroso cachorro de centauro. Lo limpió como pudo mientras subía por los riscos buscando raíces de tierra que pudieran morder los heridos para bajar su inflamación. Cuando volvió sólo se encontró con la ira de los suyos, demasiado abrumados por el dolor y la pérdida. Le hicieron escoger entre la vida del pequeño centauro y el permanecer en la caravana. Beruna fue incapaz de escoger otra cosa que no fuera preservar la vida de la criatura. La joven tauren partió sola, únicamente equipada con su morral, una pequeña hamaca de cuero y herramientas suficientes para hacer un campamento. Pese a la crudeza de su partida, estaba segura de que su clan era incapaz de abandonarla, y en más de una ocasión le pareció ver la cornamenta de Jeddek, el vigía, velando por ella y esperando su vuelta.

Pasaron los meses y el pequeño centauro, al que llamó Ozuk, era cada vez más inquieto y juguetón. Comían las hierbas y los frutos que la Madre Tierra les proporcionaba, y los riscos les proporcionaban suficiente refugio como para preservar su salud y su ánimo. Mientras tanto, ella le enseñaba al centauro la cultura y el honor del pueblo tauren, cómo reconocer las hierbas beneficiosas de las que no lo eran, y a tratar las heridas y enfermedades de los animales que se encontraban desfallecidos en el desierto o acudían a ella. No pretendía que Ozuk se quedase con ella para siempre, simplemente anhelaba que, si comprendía a los suyos y compartía con ella el amor a la vida, se pudiese terminar por fin con el eterno conflicto que les atormentaba. Beruna podía ser una ilusa, pero no era estúpida, y sabía que lo que hacía, muy posiblemente, jamás tendría ninguna repercusión real, pero a ella le valía con intentarlo. Cuando llegó el momento, se despidió del pequeño con lágrimas en los ojos y le señaló, a lo lejos, un pequeño campamento de los suyos para que fuese con ellos. Rápidamente, cuando Ozuk se perdía por el horizonte, recogió sus cosas y se marchó, antes de que los centauros pudieran encontrarla.

Al cabo de un año, Beruna tuvo la suerte de encontrarse con la caravana de los Pezuña de Sangre, con quienes permaneció, ocupando un lugar bastante secundario junto a los sanadores, aprendiendo y cuidando de los kodos, hasta que los tauren, junto a la Horda, retomaron Cima del Trueno. Ella y otros tauren con el don de la naturaleza aprendieron de Hamuul Runatótem y los suyos los fundamentos de los druidas.

Ficha de nivel X
Vidas2 + 1 + 1 = 4
Atributos
Fuerza (+1 racial)1
Destreza (-1 racial)0
Intelecto (+2 don)2
Constitución (+1 racial)1
Sabiduría3
Habilidades
Travesía1
Saber (herbalismo)3
Saber (medicina tauren)3
Meditación3
Cultura general3
Travesía4
Percepción4
Diplomacia5
Trato con animales4
Dones
Don con los animales
Entendimiento espiritual